Camino...

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jueves, 29 de diciembre de 2011

La sobreviviente

La que salió de la casa en llamas era una niña pequeña, de no más de unos cinco años. Su piel estaba enrojecida, con algunas ampollas en su espalda, mientras su ropa semi derretida estaba profundamente encarnada en su piel. Se desplomó como un árbol, mientras la casa comenzaba a crujir, se estaba desplomando. Los hombres que ahí estaban, se la llevaron a Tabris, quién ya estaba preparando su lugar de trabajo, sacando todos los implementos de sanación.

"Esto no está bien", se dijo Tabris con la mirada grave. Las quemaduras, al ojo superficiales, en realidad eran muy profundas, afectando a varios órganos vitales. y comprometiendo seriamente la supervivencia de la niña. "Realmente esto no está bien". La niña comenzaba a respirar con esfuerzo, y a tiritar con violencia. Decidió él que no podía tratarla en este lugar, necesitaba estar en su laboratorio. Pidió a uno de los hombres que le llevaran a la chica a su casa.

Estando ya allí, Tabris comenzó a sacar sus implementos que no había utilizado en muchísimo tiempo, sus objetos de alquimia. Bien sabido era que existían personas con la asombrosa capacidad de tomar materia y reconstruirla, transformándola en algo distinto. La capacidad de transmutar, hensei en dialecto antiguo, era sólo posible en ciertas personas. Y no era un don muy preciado, de hecho más bien era una especie de maldición. El Estado buscaba a los hensei, sobre todo a niños pequeños, y se los llevaba a campos de entrenamiento, para luego utilizarlos como soldados en guerras muy difíciles de ganar. Los alquimistas no poseían una libertad; estaban sojuzgados de por vida ya que al ser entrenados, se les descubría su punto débil que los hacía vulnerables e indefensos. Estaban obligados a servir a los militares de turno, y pelear las guerras de itinerario. Y no sólo eso. La vida de los alquimistas tenía un límite establecido de "servicio", que era de 10 años desde que participaban en su primera operación.

Tabris escapó de aquello. Nunca participó en ninguna guerra, y sin embargo, hizo cosas aún peores. Investigó sobre cosas de las cuales no debían buscarse, los secretos que jamás debían ser desvelados. Cuando la última de sus investigaciones estaba por terminar, él escapó. Aquello que Tabris encontró no podía ser utilizado jamás, no con el precio que debía pagarse, y fingió su muerte para luego exiliarse en el sur del país. Destruyó antes todos y cada uno de sus archivos, y tomó lo que no podía ser destruido, y lo hizo perderse en lugares inexpugnables donde no podrían encontrarse.

La niña escupió sangre. El tiempo límite se acercaba, así que Tabris tomó algunas de las cosas que necesitaba, y las puso cerca. Plantas y cueros, además de mucha agua; las plantas para recuperar los órganos internos y restaurar células muertas, cueros de animales para recrear una piel artificial y sanar la que estaba carbonizada, y agua para devolverle la sangre que había perdido. Entonces comenzaba la hensei.

Puso las plantas sobre las heridas y comenzó a "ver" su estructura, y la estructura del cuerpo de la niña. Comenzó el proceso de destruir y recrear los elementos, primero mentalmente, acoplando cada una de las células vegetales en células animales. Cuando completó la parte mental del hensei, iniciaba la verdadera. Respiró profundamente, y luego de revisar una y otra vez las estructuras mentales que había creado, hizo cruzar la energía por su cuerpo. El hensei se basaba en utilizar la energía vital del alquimista para destruir y recomponer la materia en algo diferente. El problema era que esta energía desgastaba mucho al que la utilizaba, y en grandes escalas, podía poner en peligro la propia vida.

Una luz roja escarlata iluminó sus manos y las cosas que participaban en el proceso. De a poco, fue reconstruyendo el cuerpo dañado, y los insumos fueron desapareciendo a medida que lo perdido estaba siendo recuperado. Cuando terminó, el viejo Tabris se desplomó en el cuelo, jadeante. La niña respiraba normalmente y sus heridas habían sanado hasta un punto de no volverse mortales. Tal parecía que iba a sobrevivir.

martes, 27 de diciembre de 2011

La Llegada de Tabris

Lo encontraron tirado a un lado del camino. Era un hombre de ya avanzada edad, con el pelo blanquecino, la piel arrugada y las ropas desgastadas, con un bastón al lado y una alforja, una especie de bolsa para viajes bajo un brazo. Su primera bienvenida fue por un perro del desierto que lo olisqueó entero, rebuscó en la alforja y cuando no halló nada para comer, se alejó, no a mucha distancia pues si el rumbo de las cosas seguía su curso, el hombre no tardaría en convertirse en comida para carroña, y ahí regresaría el peludo anfitrión.
Luego fue encontrado por los niños de la aldea, quienes lo picaron por todas partes con el bastón. Cuando con un fuerte golpe en las costillas le hizo dar un pequeño gemido a pesar de sus limitadas fuerzas, el más veloz de los chicos corrió hasta a la casa del herrero, quien junto a otros adultos llegó hasta donde se encontraba el anciano. Lo primero fue darle agua porque claramente llevaba días y días sin beber ni una gota de líquido. Con una improvisada hamaca, se lo llevaron al pueblo donde fue atendido por la señora esposa del panadero.
Tabris, dijo que se llamaba. Que venía del norte, muy del norte, cerca de la capital del país, a varios miles de kilómetros. Escapaba de algo, también dijo, pero no dio más información, pues se quedó dormido. A los dos días, cuando ya estaba recuperado en cierta forma, puedo conversar con mayor claridad.
— ¿Y qué andaba haciendo por el desierto?
— Quería llegar a las tierras del sur, a los campos del sur. Se decía que eran lugares tranquilos, alejados del murmullo incesante de las ciudades.
— Y en eso tienes razón, No hay lugar más tranquilo que este en muchas millas a la redonda.
— Agradecería poder quedarme aquí, a cambio, les puedo ofrecer mis servicios.
— ¿Servicios? ¿Y qué clase de servicios?
— Soy sanador.
Y así Tabris se quedó en la aldea de Ku-in. Trabajó como sanador, que es un equivalente a un doctor, ayudando a las enfermedades graves y estacionarias que afectaban a los pobladores, así ganándose el cariño y un lugar dentro de la comunidad. Acostumbraba a atender desde el mediodía a la noche, pero no dudaba en acudir en la madrugada cuando se presentaba una emergencia. Según él, tenía setenta y cinco años y era sanador en la Capital, pero diversos problemas de los que era mejor no acordarse, le obligaron a escapar. Nadie lo condenó puesto que se sabía que vivir en las ciudades modernas, con sus trenes de vapor de agua y los carros del mismo combustible, con el control estatal y la represión política, era un infierno.
Tenía Tabris la extraña diversión de, a media noche, situarse en lugares alejados y observar al cielo que sin ninguna nube, mostraba todas las estrellas y constelaciones. Especial importancia daba al este celeste, que según él, representaba a las cosas venideras puesto que por ahí amanecía todos los días el sol. Y un día, halló un extraño fenómeno de conjunción: Zenotae, la estrella de los combates justos y los soldados nobles, se acercaba hasta tocarse con Opherine, el astro de la luz y de los cambios. Algo importante se venía en camino, una guerra importante, siendo más exactos.
Y de pronto se escuchó por toda la aldea, llamas de un fuego que consumía algo. Y al horizonte, una cabaña se teñía de un rojo carmesí, y los gritos comenzaron a escucharse. Una casa se quemaba, dijo Tabris gravemente, y fue a su casa a traer los implementos para curar heridas de fuego. Corrió en la medida de que su edad se lo permitía, hasta el lugar de la tragedia, donde ya estaban varios hombres con hachas y baldes de agua para combatir las llamas.
Y entonces, desde adentro de la casa, emergió la figura de una niña que cayó inconsciente al suelo.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Para empezar...

Un camino es el lugar por donde transitamos. No intento ser filosófico. Es el lugar por donde transcurren nuestras vidas, y nuestras historias, las historias que suceden mientras vamos andando por lugares comunes o desconocidos, cuando nuestros caminos se cruzan, y a veces se entrelazan a los de otras personas.

Un camino es donde se desenvuelve lo que somos realmente, porque de la misma forma que nadie puede andar sin descansar un momento, tampoco nadie puede esconder por siempre su naturaleza, y siempre sale a la luz lo que llevamos dentro.

Y las historias que se desenvuelven en este mismo camino, en la forma que sea, de la manera que salga, es lo que uno quiere contar.

Desde ahora ;)...


En memoria del tiempo extinguido