Lo encontraron tirado a un lado del camino. Era un hombre de ya avanzada edad, con el pelo blanquecino, la piel arrugada y las ropas desgastadas, con un bastón al lado y una alforja, una especie de bolsa para viajes bajo un brazo. Su primera bienvenida fue por un perro del desierto que lo olisqueó entero, rebuscó en la alforja y cuando no halló nada para comer, se alejó, no a mucha distancia pues si el rumbo de las cosas seguía su curso, el hombre no tardaría en convertirse en comida para carroña, y ahí regresaría el peludo anfitrión.
Luego fue encontrado por los niños de la aldea, quienes lo picaron por todas partes con el bastón. Cuando con un fuerte golpe en las costillas le hizo dar un pequeño gemido a pesar de sus limitadas fuerzas, el más veloz de los chicos corrió hasta a la casa del herrero, quien junto a otros adultos llegó hasta donde se encontraba el anciano. Lo primero fue darle agua porque claramente llevaba días y días sin beber ni una gota de líquido. Con una improvisada hamaca, se lo llevaron al pueblo donde fue atendido por la señora esposa del panadero.
Tabris, dijo que se llamaba. Que venía del norte, muy del norte, cerca de la capital del país, a varios miles de kilómetros. Escapaba de algo, también dijo, pero no dio más información, pues se quedó dormido. A los dos días, cuando ya estaba recuperado en cierta forma, puedo conversar con mayor claridad.— ¿Y qué andaba haciendo por el desierto?
— Quería llegar a las tierras del sur, a los campos del sur. Se decía que eran lugares tranquilos, alejados del murmullo incesante de las ciudades.
— Y en eso tienes razón, No hay lugar más tranquilo que este en muchas millas a la redonda.
— Agradecería poder quedarme aquí, a cambio, les puedo ofrecer mis servicios.
— ¿Servicios? ¿Y qué clase de servicios?
— Soy sanador.
Y así Tabris se quedó en la aldea de Ku-in. Trabajó como sanador, que es un equivalente a un doctor, ayudando a las enfermedades graves y estacionarias que afectaban a los pobladores, así ganándose el cariño y un lugar dentro de la comunidad. Acostumbraba a atender desde el mediodía a la noche, pero no dudaba en acudir en la madrugada cuando se presentaba una emergencia. Según él, tenía setenta y cinco años y era sanador en la Capital, pero diversos problemas de los que era mejor no acordarse, le obligaron a escapar. Nadie lo condenó puesto que se sabía que vivir en las ciudades modernas, con sus trenes de vapor de agua y los carros del mismo combustible, con el control estatal y la represión política, era un infierno.
Tenía Tabris la extraña diversión de, a media noche, situarse en lugares alejados y observar al cielo que sin ninguna nube, mostraba todas las estrellas y constelaciones. Especial importancia daba al este celeste, que según él, representaba a las cosas venideras puesto que por ahí amanecía todos los días el sol. Y un día, halló un extraño fenómeno de conjunción: Zenotae, la estrella de los combates justos y los soldados nobles, se acercaba hasta tocarse con Opherine, el astro de la luz y de los cambios. Algo importante se venía en camino, una guerra importante, siendo más exactos.
Y de pronto se escuchó por toda la aldea, llamas de un fuego que consumía algo. Y al horizonte, una cabaña se teñía de un rojo carmesí, y los gritos comenzaron a escucharse. Una casa se quemaba, dijo Tabris gravemente, y fue a su casa a traer los implementos para curar heridas de fuego. Corrió en la medida de que su edad se lo permitía, hasta el lugar de la tragedia, donde ya estaban varios hombres con hachas y baldes de agua para combatir las llamas.
Y entonces, desde adentro de la casa, emergió la figura de una niña que cayó inconsciente al suelo.
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