La que salió de la casa en llamas era una niña pequeña, de no más de unos cinco años. Su piel estaba enrojecida, con algunas ampollas en su espalda, mientras su ropa semi derretida estaba profundamente encarnada en su piel. Se desplomó como un árbol, mientras la casa comenzaba a crujir, se estaba desplomando. Los hombres que ahí estaban, se la llevaron a Tabris, quién ya estaba preparando su lugar de trabajo, sacando todos los implementos de sanación.
"Esto no está bien", se dijo Tabris con la mirada grave. Las quemaduras, al ojo superficiales, en realidad eran muy profundas, afectando a varios órganos vitales. y comprometiendo seriamente la supervivencia de la niña. "Realmente esto no está bien". La niña comenzaba a respirar con esfuerzo, y a tiritar con violencia. Decidió él que no podía tratarla en este lugar, necesitaba estar en su laboratorio. Pidió a uno de los hombres que le llevaran a la chica a su casa.
Estando ya allí, Tabris comenzó a sacar sus implementos que no había utilizado en muchísimo tiempo, sus objetos de alquimia. Bien sabido era que existían personas con la asombrosa capacidad de tomar materia y reconstruirla, transformándola en algo distinto. La capacidad de transmutar, hensei en dialecto antiguo, era sólo posible en ciertas personas. Y no era un don muy preciado, de hecho más bien era una especie de maldición. El Estado buscaba a los hensei, sobre todo a niños pequeños, y se los llevaba a campos de entrenamiento, para luego utilizarlos como soldados en guerras muy difíciles de ganar. Los alquimistas no poseían una libertad; estaban sojuzgados de por vida ya que al ser entrenados, se les descubría su punto débil que los hacía vulnerables e indefensos. Estaban obligados a servir a los militares de turno, y pelear las guerras de itinerario. Y no sólo eso. La vida de los alquimistas tenía un límite establecido de "servicio", que era de 10 años desde que participaban en su primera operación.
Tabris escapó de aquello. Nunca participó en ninguna guerra, y sin embargo, hizo cosas aún peores. Investigó sobre cosas de las cuales no debían buscarse, los secretos que jamás debían ser desvelados. Cuando la última de sus investigaciones estaba por terminar, él escapó. Aquello que Tabris encontró no podía ser utilizado jamás, no con el precio que debía pagarse, y fingió su muerte para luego exiliarse en el sur del país. Destruyó antes todos y cada uno de sus archivos, y tomó lo que no podía ser destruido, y lo hizo perderse en lugares inexpugnables donde no podrían encontrarse.
La niña escupió sangre. El tiempo límite se acercaba, así que Tabris tomó algunas de las cosas que necesitaba, y las puso cerca. Plantas y cueros, además de mucha agua; las plantas para recuperar los órganos internos y restaurar células muertas, cueros de animales para recrear una piel artificial y sanar la que estaba carbonizada, y agua para devolverle la sangre que había perdido. Entonces comenzaba la hensei.
Puso las plantas sobre las heridas y comenzó a "ver" su estructura, y la estructura del cuerpo de la niña. Comenzó el proceso de destruir y recrear los elementos, primero mentalmente, acoplando cada una de las células vegetales en células animales. Cuando completó la parte mental del hensei, iniciaba la verdadera. Respiró profundamente, y luego de revisar una y otra vez las estructuras mentales que había creado, hizo cruzar la energía por su cuerpo. El hensei se basaba en utilizar la energía vital del alquimista para destruir y recomponer la materia en algo diferente. El problema era que esta energía desgastaba mucho al que la utilizaba, y en grandes escalas, podía poner en peligro la propia vida.
Una luz roja escarlata iluminó sus manos y las cosas que participaban en el proceso. De a poco, fue reconstruyendo el cuerpo dañado, y los insumos fueron desapareciendo a medida que lo perdido estaba siendo recuperado. Cuando terminó, el viejo Tabris se desplomó en el cuelo, jadeante. La niña respiraba normalmente y sus heridas habían sanado hasta un punto de no volverse mortales. Tal parecía que iba a sobrevivir.