Camino...

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domingo, 22 de enero de 2012

Comienza la Travesía

Dos días después, Leonor volvió a mirar el cielo. El día anterior había terminado de despedirse de las personas de Ho -Yuan, no sin profunda tristeza ya que éstas eran las personas que la habían visto crecer desde que era una simple bebé. También había terminado de preparar la mochila de piel curtida que usaría en su viaje, y que ahora llevaba cargada en su espalda, con comida y las cosas qu necesitaría si en verdad iba a realizar este viaje, además de algunas monedas de oro que sus padres le habían dejado. Se aseguró que la casa de Tabris y sus plantas medicinales fuesen regadas por la sñeñora Norris, esposa del carnicero de la aldea, y les dejó grandes dotaciones de pócimas médicas, en caso de que alguien adquiriese alguna enfermedad en su ausencia.


Se fue ella en la noche, luego de ver cómo las tres estrellas realizaban la inaudita conjunción. Antes de tomar el camino del sendero, fue al campo santo donde se encontraban sus padresy Tabris. Les prometió a sus progenitores que se cuidaría, y que regresaría con flores hermosas para adornar la lápida, y a Tabris, le prometió que intentaría por todos los medios cumpir el mandato que le había conferido. Poniendo algunas flores en las tres tumbas, tomó el camino del sendero, y fue alejándose lenta pero inexorablemente de su tierra natal.


La noche estaba muy clara, ya que fue apareciendo con las horas una gran y plateada luna llena, que fue acompañando a Leonor en sus pasos, haciendo casi innecesario el que usara la lámpara con la que había venido. Cada paso la acercaba más y más a un lugar totalmente desconocido, donde deberían también existir personas desconocidas y tal vez singulares. Con la emoción de viajar por primera vez no tuvo deseos de dormir y fue siguiendo a Polaris, la estrella del norte, hasta que comenzó a escuchar a lo lejos el ajetreo, no de una aldea, sino de una verdadera ciudad. Según el mapa que Tabris le había dado, la ciudad se llamaba Atrio, y era conocida por sus múltiples puestos de venta de todo tipo de artículos que se podían imaginar.


Entonces vio la ciudad. Era muchas, muchas veces más grande y ruidosa que Ho - Yuan, y había gran movimiento de personas. Las primeras millas dentro de la ciudad eran sólo puestos de compra venta, desde animales de carga y de montura, pasando por armas, cascos, joyería, antiguedades, objetos místicos, comida extranjera, jueguetes para niños, pócimas y polvos para toda clase de dolencias, etc. Había una tienda cada cuatro pasos, y ella miraba todos los puestos, viendo cosas hermosas o muy extrañas que en las mesas estaban como muestrario. Llegó a un puesto que vendía una infusión conocida como café, traída de lejanas tierras al Sur, que según se decía era perfecta para las personas que no habían dormido.


- Sóplelo bien hija- le recomendó el vendedor luego de entregarle una taza de piedra roja llena con una humeante líquido negro y de olor absorbente- mire que este brebaje se sirve bien caliente.


- Gracias- dijo Leonor soplando fuerte y tomando un pequeño sorbo- Es delicioso. Y reponedor.


- Los guerreros del sur lo tomaban con frecuencia cuando combatían en guerras con sus vecinos. En grandes cantidades, les permitía pasar días y días peleando sin dormir, y con ello sumaron numerosas victorias. Hoy en día el sur está unificado bajo un digno gobierno, y ahora es posible comercializarlo sin problemas. También tenemos esto- dijo el hombre y sacó una pequeña barra de un material igual de negro-. Se le conoce como xocolatle, o cacao. Es un dulce natural, también traído del sur.


Leonor jamás había probado algo tan dulce y blando. Se derretía al sólo contacto con su boca, y era un sabor que embriagaba. Se quedó hablando un rato más con el vendedor, sobre las maravillas de las tierras al sur del país. Le decía él que trabajaba únicamente para viajar y asentarse en ese lugar, porque la vida en este decían, iba a complicarse mucho con toda la insurgencia que estaba apareciendo como una plaga para el gobierno en la Capital.


- Debo suponer- dijo el vendedor- que estás en medio de un largo viaje, por la mochila que llevas en tu espalda.


- Así es, voy al norte.


- Pero mi niña, al norte hay muchos problemas.


- Debo ir, fue una promesa.


- ¿Y vas sola? ¿A pie?


- Pues sí.


- Vaya vaya, eso no está bien. Creo que puedo ofrecerte un medio de transporte con una personas sumamente confiable, que te llevará a la próxima ciudad al norte.


- ¿Lo dice en serio? Se lo agradecería muchísimo.


- Bien, lo llamaré.


Acto seguido, sacó de un bolsillo algo parecido a un silbato para perros de compañía, y lo hizo sonar, aunque a decir verdad daba un sonido muy suave, que casi ni se escuchaba. Entonces Leonor escuchó cada vez más cerca el trote de un caballo, y pronto un relinchido. No se dio ni cuenta cuando una carreta tirada por un bello ejemplar de corcel se estacionó al frente de la tienda, siendo conducido por un hombre con la cara tapada, sólo exceptuando los ojos.


- Nathaniel, buenos días.


- Buenos días, Orofruz. Usaste el silbato, ¿Qué sucede?- su voz era muy ronca y baja, seria tambien.


- Tengo un pequeño trabajo para ti. Esta chica desea ir al Norte, seguramente hasta Táldarin. Me preguntaba si podías llevarla hasta allá-. El hombre llamado Nathaniel miró a Leonor de pies a cabeza, y luego aceptó.


Se despidió ella del vendedor, y luego de subir a la carreta, se fueron por un camino terroso hasta el inicio de un bosque muy frondoso. Había un sendero que dividía en dos la enorme cantidad de árboles, que su caracteristica más especial era que sus hojas, en vez de ser verdes como era el común, eran de un raro y extravagante color azul zafiro, y sus flores eran de colores vivos y brillantes. Y no solo las hojas eran azules, sino que también el tronco y lo que se podía ver de las raices, también eran del mismo color. Era como entrar en un bosque de un país extranjero, muy lejano. Nathaniel no hablaba nada, simplemente conducía al caballo que trotaba alegremente, mientras Leonor se maravillaba con aquel espectáculo tan impresionante.


Entonces la carreta se detuvo. Miró ella a Nathaniel, y vio como sacaba un cuchillo de un bolsillo escondido en su ropa, y no pensó dos veces en utilizar el hansei, creando cadenas con el metal cercano que estaba en el vehículo. Luego se bajó de la carreta algo asustada. Nathaniel se quedó confundido un poco, y luego hizo algo que provocó mucha inquietud en Leonor: tocó con sus manos las cadenas, y el brillo característico del hensei se dejó ver. Era un alquimista. Transmutó el metal en una larga lanza, que apuntó contra ella, que no perdió tiempo en sacar hierro de la tierra y crearse un escudo de aleación terrosa. El problema era que se había agotado un poco con la alquimia.


Nathaniel se bajó de la carreta, seguía apuntando hostilmente a Leonor. Parece que ya se había ganado a un formidable enemigo.

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