Camino...

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jueves, 12 de enero de 2012

La Muerte del Maestro

Tabris murió poco más de dos semanas después de que contrajo su fulminante enfermedad. Leonor lo acompañó en sus últimas horas, alrededor de las cinco de la mañana, y a pesar del evidente agotamiento, hablaba con clara consciencia. Decía a veces cosas que sólo él entendía, como que el elixir se había agotado en su interior, o que faltaron cosas por destruir en el Oeste. Pero hubo una cosa que lo dijo con total sentido; era que le trajera un pequeño cofre hecho de madera.

Era un artefacto hecho a mano, sin haber utilizado el hensei, y contenía numerosos grabados con círculos y formas geométricas, fórmulas estructurales de alquimia, se dijo Leonor para sí, con muchas palabras en lenguaje antiguo propio del hensei, y una cerradura del tipo criptex, es decir con letras para formar palabras que forman una clave con la cual se abre. Eran 8 letras, todas escritas a mano y talladas en la madera. Le llevó el cofre a dos manos hasta la cama en la cual estaba postrado, y él lo tomó con enorme delicadeza, como si fuese un querido recuerdo. Ya no tenía muchas fuerzas para mantener los ojos abiertos, por lo que con los párpados cerrados fue con el tacto eligiendo y poniendo cada letra en su lugar establecido, hasta que un pequeño sonido mecánico dio aviso de que la clave había sido puesta correctamente, y la tapa del cofre ahora estaba abierta.

- Lo que está aquí dentro, Leonor, es algo muy preciado- dijo él con voz grave. Parecía dejar un tinte de tristeza por lo que iba a decir después-. Y debo pedirte un horrible favor.

- ¿Favor, maestro?

- Sí. Necesito...necesito que lleves el contenido de este cofre, hasta el norte. Muy al norte.

¿Me está pidiendo hacer un viaje?, se preguntó ella mentalmente. ¿Tabris? ¿El que me negó viajar por lo que ocurría justamente en el norte? Debe ser algo importante.

- ¿Qué tan al norte, Maestro? ¿En la Capital?

- No Leonor, más allá. El lugar donde descansan los metales, Al-lumenen.

- ¡¿Tan lejos?! - La ciudad donde descansan los metales, más conocida con su nombre en lenguaje antiguo, era el lugar más remoto de su país. Estaba directamente en la costa del Finis Terrae, el extremo del mundo conocido. Sobraban historias sobre los seres extraños y legendarios que habitaban esas tierras desconocidas para el hombre, donde ningún gobierno perdía tiempo en conquistar puesto que eran tierras infértiles y sin vida durante largos kilómetros. La costa no poseía ningún atractivo y estaba sin peces, según lo que decían los antiguos registros históricos, y eran habitadas por animales salvajes y peligrosos.

- Al-lumenen es el lugar...el lugar donde puede ser destruida...la piedra...

Desde ahí en adelante no pudo hablar nada más coherentemente. Era sabido que antes de morir por una enfermedad, comenzaba una larga y penosa agonía, sin embargo Tabris no mostraba muestras de dolor alguno, más bien de una extraña serenidad, sabiendo que el hilo de su vida se estaba agotando cada vez más rápido. Sus ojos parpadeaban rápidamente, como si estuviera soñando, y Leonor de vez en cuando iba a la cocina a buscar paños fríos, y también a llorar, puesto que ni con todos los conocimientos sobre alquimia medicinal, no podía sanarlo.

Luego volvía donde Tabris y le cambiaba el paño de la frente por uno fresco. Se quedaba mucho tiempo observándolo, a su maestro, como se iba alejando de este mundo. Su aspecto era el muy ilustre, era como si un hombre muy noble con un alto cargo se estuviera despidiendo. Las arrugas de su piel no eran sólo de vejez, sino que también de cansancio, y demostraban largos viajes por muchas zonas. Sus brazos estaban llenos de cicatrices, tal vez de luchas contra animales, o tal vez otras personas. Había una muy profunda, que no parecía ser hecha por algún colmillo, garra o arma. Parecía haber sido hecha con hensei.

***

Cuando el sol ya había subido un poco sobre el horizonte, Tabris dejó de respirar. Leonor comenzó a llorar amargamente al lado suyo. Cómo no llorar si él le había salvado de una muerte segura hace siete años, cómo no llorar por el hombre que la cobijó, la cuidó y le enseñó tantas cosas.

Luego de que la noticia se hizo conocida en buena parte de la aldea, Leonor junto a los otros hombres y mujeres prepararon el entierro, que se realizó en el campo santo local. Se hizo el ataúd y los adornos florales, se preparó un mausoleo y todo lo necesario, y después de la hora de la comida, comenzó el funeral. Fue algo solemne, mas no triste puesto que Tabris había pedido algo así, ya que según una tradición suya, cuando uno lloraba por un muerto, más difícil le es viajar hacia la tierra donde los muertos moran. Leonor mantuvo una sonrisa digna y de apariencia sincera en todo momento, aún cuando las lágrimas le quemaban los ojos por dentro.

Cuando todo terminó, volvió ella a casa. A la casa ahora suya que Tabris había compartido con ella. Revisó el laboratorio, lugar donde muchas veces se la pasaron ensayando fórmulas y creando elixires medicinales. Ahí estaban muchas de los tubos de condensación y de mezcla, y las diferentes sustancias con las que experimentaban. Luego fue a la habitación donde él pasó sus últimas noches, y allí, en el velador al lado de la cama, encontró el cofre. Se acercó y lo tomó en sus brazos, y revisó su contenido.

Un mapa, una pluma, un péndulo. Una pequeña botella de cristal con un líquido escarlata, similar al color rojo producido bajo el hensei, una daga puntiaguda y una pequeña bolsa de tela, con la inscripción de No abrir. Y una carta manuscrita de Tabris. La había escrito hace varios días, de hecho, exactamente un día antes de que se iniciara su enfermedad, y estaba escrita al parecer con la misma pluma de él. Decía lo siguiente.

Mi Querida Aprendiz: Si miras al cielo nocturno, comprenderás que una nueva etapa está por comenzar, una etapa tenebrosa pero con luz en cada rincón, y un periodo por el que todos sufriremos y pasaremos. Se acerca una guerra tan importante, que ni siquiera esta pequeña aldea se salvará de la oleada de sangre. Y en la pequeña bolsa de tela, hay un artefacto que puede darle la ventaja a cualquiera de los dos bandos que entrarán en conflicto.

Por ello, debes llevar aquel artefacto, hasta más allá de la Tierra donde descansan los metales, donde las señales que hallarás te guiarán a un lugar donde se pierden todas las cosas. Debí haber hecho aquel viaje hace mucho tiempo, pero la codicia que provoca la piedra es inmensa, y temí que sin ella no tendría la fuerza para destruir los otros artefactos legendarios. Y ahora me llegó la hora sin que pudiera haberla destruido. Y no puedo dejarle esta misión a otra persona que no seas tú, mi Aprendiz.

Lo que hay aquí dentro, es un artefacto del que nunca te hablé. Se llama Piedra Filosofal. Funciona como un amplificador de poder alquímico impresionante, no tiene ningún tipo de comparación. La potencia de su energía es tal que puede destruir enormes cantidades de terreno, o crear cantidades irrisorias de cualquier material, sin ningún tipo de cansancio. En manos equivocadas, este mundo tendrá sus horas de vida contadas, por lo que debe de ser destruido.

El mapa contiene el itinerario de tu viaje. Muestra cada uno de los lugares por donde debes pasar, y a veces, también muestra con las personas con la cuales deberías conversar y tener de aliadas, y los enemigos que puedes ganarte haciendo esta travesía en mi nombre. De verdad, lo siento, el haberte dado esta carga tan pesada. Lo único que puedo asegurarte, es que habrá un aliado permanente a tu alrededor. Espero que te proteja.

Mucha suerte, y que las estrellas muestren el día y la hora en la que debas partir. Hasta siempre. Tabris.

Leonor se halló confundida. ¿Un viaje imposible hasta el fin del mundo, para destruir un artefacto alquímico de poder casi infinito, en medio de una posible guerra civil? Parecía ser una broma póstuma de Tabris, y sin embargo, las estrellas que comenzaban a salir tras el anochecer, daban cuenta de que un tiempo nuevo estaba iniciando. Zenotae y Opherine, unidos desde hace unos diez años o un poco menos, demostraban que ocurrirían combates en pos de un mundo nuevo. Y Armisael, la estrella de los viajes importantes, se cruzaba entre ambos y estaba próximo a tocarse en una triple conjunción, algo que ocurría cada muchos siglos. En dos días más, se dijo Leonor, y ahora comenzaba a creerse la historia de la piedra filosofal. En dos días más al parecer, debía partir hacia el lejano norte, hasta donde se hallara con Al-lumenen, la Tierra donde los metales descansan.

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